miércoles, 4 de marzo de 2015

Sociedad impoluta, arrogante y soberbia...

   Es definitivo. Quién no tiene un muerto, tiene un herido en el placar. Es aplicable a la condición humana per se. Esta falibilidad es tan antigua como la existencia misma. Seguramente -como en todos los órdenes-  habrá excepciones. En principio rige la presunción de inocencia, es decir todos somos inocentes hasta que el debido proceso dictamine lo contrario. Esto no es casual es causal. Sino rigiera este principio se podría decir lo que se quiere, de quién se quiere, y absolutamente en forma gratuita y desde ya -como menos- perniciosa.
   Es una constante en estos tiempos y en otros no menos distintos, dado que nos manejamos de este modo. Modo que se potencia cuando están en juego intereses importantes, sean de la índole que sean; básicamente cuando lo que está en juego es el poder, en todas sus formas. Un poder que para ser alcanzado, pareciera que nadie debe ahorrarse insultos, descalificaciones, ninguneos, etc. Y cuando mayor es el poder que se desea ostentar, mayores son los recursos que se utilizan para desprestigiar al contendiente.
   Un tiempo ideal para que esto suceda es el actual, un año electoral, ideal para ver quién la tiene más grande. Unos se enfrentan con otros, uno porque es el que gana y el otro es porque pierde. Y perder no es que les signifique la pena enorme de no poder administrar una nación para lograr que sus componentes vivan una vida absolutamente digna. Sino que la derrota es sinónimo de no tener nada. Primero se ven afectados sus intereses (económicos, políticos, etc) y luego los más importantes, el ego y la impunidad que otorga ese poder tan deseado. 
   Es para destacar que cada ciudadano tiene su creencia más digna hacia uno u otro dirigente, lo cual no garantiza que este dirigente sea lo que se cree de él; sino que en varias oportunidades éste sea totalmente lo opuesto a aquello que en su momento postuló como sus más férreos principios. Esta forma de actuar no es nueva, tiene sus décadas. Ni hablar de los gobiernos de factos que se dicen católicos apostólicos romanos (lo escribo con minúsculas porque los siento así, minúsculos y peligrosos). En consecuencia, preservémosnos como sociedad sin creernos tan arrogantes y soberbios, dado que quiénes nos dirigen y administran surgen desde el seno natural de nuestra sociedad o alguien pensó que vienen de otra galaxia...

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